El viaje de regreso a la mansión fue una tortura silenciosa envuelta en cuero y calefacción al máximo. El interior del vehículo blindado parecía haberse encogido, el aire denso y pesado, cargado con el aroma metálico de la sangre seca y el ozono crepitante de la furia contenida de un Alfa.
Mikael no conducía; uno de sus guardias lo hacía, con los nudillos blancos sobre el volante y la mirada fija al frente, demasiado aterrorizado para mirar por el retrovisor. En el asiento trasero, Mikael mante