Jaula de Oro

El viaje de regreso a la mansión fue una tortura silenciosa envuelta en cuero y calefacción al máximo. El interior del vehículo blindado parecía haberse encogido, el aire denso y pesado, cargado con el aroma metálico de la sangre seca y el ozono crepitante de la furia contenida de un Alfa.

Mikael no conducía; uno de sus guardias lo hacía, con los nudillos blancos sobre el volante y la mirada fija al frente, demasiado aterrorizado para mirar por el retrovisor. En el asiento trasero, Mikael mantenía a Elena atrapada contra su pecho, con un brazo rodeando su cintura y el otro acunando su cabeza, enterrando la nariz en su cabello desordenado. No era un abrazo de consuelo; era un cepo. La sujetaba con tal fuerza que Elena temía que sus costillas magulladas terminaran de ceder, pero no se quejó. Sabía que, si él la soltaba, aunque fuera un milímetro, la bestia que rugía bajo su piel destrozaría el coche.

Cuando los neumáticos chirriaron sobre la grava de la entrada, la realidad del mundo ex
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