El Círculo Ceremonial había sido trazado en la nieve con ceniza volcánica y sangre de ciervo. Alrededor, miles de lobos de la Coalición formaban un muro silencioso, observando. Los cuatro Antiguos restantes estaban sentados en tronos de hielo, impasibles, seguros de la victoria de su líder.
Mikael entró en el círculo. No llevaba túnica, ni armadura de cuero tradicional. Llevaba el traje táctico negro de Rose, ajustado al cuerpo, con líneas de cobre y nódulos de Iridio que brillaban bajo el sol pálido. Llevaba la espada corta en la mano y la mirada fija en su enemigo.
Varik, el Líder de los Antiguos, sonrió con desprecio. Se quitó la capa gris, revelando un cuerpo delgado pero fibroso, cubierto de tatuajes rúnicos que pulsaban con luz violeta. —Traes juguetes de metal a un duelo de almas, chico —se burló Varik—. Tu tecnología no te salvará de la voluntad de los dioses.
—Mis dioses son mi familia —respondió Mikael—. Y hoy, tú vas a responder ante ellos.
—¡Comenzad! —gritó Isolde, la jue