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El Beso de Judas en el Hielo

Las Prisiones de Hielo eran el infierno blanco. Situadas en el punto más septentrional de Noruega, eran cuevas naturales modificadas mágicamente para anular la fuerza de los lobos. No había luz. No había sonido. Solo frío y soledad eterna.

Ingrid llevaba tres semanas allí, encadenada con grilletes de plata que le quemaban la piel. Su hermoso cabello rubio estaba sucio y enmarañado, sus labios agrietados por la deshidratación.

Pero su mente no estaba rota. Estaba afilándose. «Me las pagarás, Elena. Me las pagarás, Mikael», repetía como un mantra en la oscuridad.

El sonido de una puerta pesada abriéndose rompió el silencio. Pasos. Olor a estofado barato. Era la hora de la comida.

Un guardia entró con una bandeja. Ingrid ni siquiera levantó la cabeza. Había visto a varios guardias; todos eran betas viejos o lisiados, inmunes a sus encantos.

Pero este guardia era diferente. En cuanto puso un pie en la celda, el aire cambió. Ingrid sintió una sacudida en el pecho, como un gancho invisible
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