Pasaron tres días. Tres días en los que Mikael apenas salió de la habitación, dirigiendo la manada desde el dormitorio mientras vigilaba cada respiración de Elena.
Elena, aburrida y dolorida, pidió que le trajeran su portátil. Mikael accedió a regañadientes, solo porque así ella se quedaba quieta en la cama.
—Necesito hacer algo, Mikael. Mi cerebro se va a atrofiar —le dijo.
Elena abrió su sistema. Tenía una tarea pendiente. Antes de que se llevaran a Ingrid, los guardias habían recuperado la mochila de la loba de la furgoneta. Dentro estaba su teléfono móvil y una tablet encriptada.
—Veamos quiénes eran tus amigos, Ingrid —murmuró Elena, crujiéndose los dedos (lo único que no le dolía).
Mikael estaba en el balcón hablando con Tor sobre las patrullas fronterizas, así que Elena tuvo tiempo. Conectó la tablet de Ingrid a su ordenador. La seguridad era buena, pero Elena era mejor. Era una analista de nivel gubernamental. En veinte minutos, había roto el firewall de Ingrid.
Empezó a revis