El salón de baile, que minutos antes vibraba con el murmullo de la alta sociedad de Helsinki y el tintineo de copas de cristal, se había transformado en una jaula de silencio y pánico. La música se había detenido abruptamente, dejando solo el sonido de respiraciones agitadas y el roce de telas costosas.
—¡Vámonos, Aurora! ¡Ahora! —chilló Ingrid. Su voz, normalmente una melodía de falsa calma, se había roto en una octava de histeria pura.
Sus dedos, enguantados en seda, se clavaron en el antebrazo desnudo de su hija con una fuerza que prometía dejar moretones. No la estaba guiando; la estaba arrastrando. Ingrid no miraba atrás. No necesitaba hacerlo. Podía sentir el calor que emanaba del centro del salón, una radiación oscura y pesada que le erizaba el vello de la nuca y le gritaba a su instinto de supervivencia que corriera.
Aurora tropezó con sus propios tacones, tratando de mantener el equilibrio mientras su madre la jalaba hacia la salida.
—¡Mamá, espera! —jadeó Aurora, confundida,