El salón de baile, que minutos antes vibraba con el murmullo de la alta sociedad de Helsinki y el tintineo de copas de cristal, se había transformado en una jaula de silencio y pánico. La música se había detenido abruptamente, dejando solo el sonido de respiraciones agitadas y el roce de telas costosas.
—¡Vámonos, Aurora! ¡Ahora! —chilló Ingrid. Su voz, normalmente una melodía de falsa calma, se había roto en una octava de histeria pura.
Sus dedos, enguantados en seda, se clavaron en el antebra