El Gran Salón de Helsinki brillaba. La Gala de Invierno era el evento del año, donde humanos y la élite sobrenatural se mezclaban bajo una tregua tácita de champán y música clásica.
Eirik Berg estaba de pie en un balcón VIP, con una copa de agua en la mano, aburrido hasta la médula. Abajo, cientos de personas bailaban. Podía oler sus emociones: envidia, lujuria, ambición. Le daba asco.
—Cinco minutos para el discurso de papá —le susurró Bjorn al oído.
—Genial. Cinco minutos más de tortura —murmuró Eirik.
De repente, Eirik se quedó rígido. La copa de cristal en su mano estalló, el agua y los fragmentos cayendo al suelo. Un olor. Le golpeó como un puñetazo físico. No era perfume. No era comida. Era... hogar. Olía a nieve fresca, a vainilla suave y a algo terroso, como pino mojado. Era el olor más embriagador que había sentido en su vida. Su lobo interior, que solía estar dormido y apático, se despertó rugiendo, arañando su pecho, gritando una sola palabra: MÍO.
—Eirik, ¿qué pasa? —pregu