El helicóptero descendía sobre la tundra helada del Círculo Polar Ártico. Abajo, la Prisión de Hielo parecía una cicatriz gris en medio de la blancura perfecta. No había cercas, porque no eran necesarias: si escapabas, el frío te mataba en diez minutos.
Eirik miraba por la ventanilla, con la mandíbula tensa. Emma le apretó la mano, sintiendo la temperatura de su piel bajar. El Rey de Hielo estaba regresando a su fortaleza de dolor. —No tienes que hacerlo por mí —dijo Eirik sin mirarla—. Ella no