Lizzie Reynolds llevaba toda la tarde deambulando por los pasillos de la mansión Voos. No era su casa, pero la conocía de memoria: las alfombras persas, los cuadros con marcos dorados, el olor a whisky caro impregnando las paredes. Lo que no conocía era el silencio opresivo que se había instalado desde la mañana. Ethan Voos estaba distante, encerrado en su despacho, y ella lo sabía: cuando él se encerraba, era porque las sombras estaban más cerca que nunca.
Golpeó suavemente la puerta.
—Ethan… ¿estás bien?
Del otro lado, un silencio prolongado. Finalmente, la voz de él, grave, cansada:
—Puedes pasar.
Lizzie lo encontró sentado frente a la chimenea apagada, con un vaso vacío en la mano. Sus ojos, normalmente vibrantes, parecían opacos, como si llevaran semanas sin dormir.
—No me gusta verte así —dijo ella, acercándose—. No eres tú.
Él sonrió con ironía. —¿Y quién soy, Lizzie? ¿Un hombre de negocios atrapado en las redes de una mujer que convierte todo en veneno? ¿O el chivo expiatorio