Lizzie Reynolds llevaba toda la tarde deambulando por los pasillos de la mansión Voos. No era su casa, pero la conocía de memoria: las alfombras persas, los cuadros con marcos dorados, el olor a whisky caro impregnando las paredes. Lo que no conocía era el silencio opresivo que se había instalado desde la mañana. Ethan Voos estaba distante, encerrado en su despacho, y ella lo sabía: cuando él se encerraba, era porque las sombras estaban más cerca que nunca.
Golpeó suavemente la puerta.
—Ethan…