La niebla había descendido temprano, cerrando el puerto de Grayhaven con un candado de agua fría. Entre los silbatos de los barcos y el lejano zumbido de un generador, un par de faros se apagaron a la vez en la bocacalle de la vieja conservera. Blake mató el motor y dejó que el auto se deslizara unos metros, hasta quedar oculto detrás de un contenedor oxidado. No llevaba prisa; la caza en Grayhaven no se ganaba corriendo, sino respirando al ritmo de la bruma.
Daniel Harper avanzaba con la mochila pegada al pecho. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas saltando de un refugio improvisado a otro: un cuarto de herramientas en la biblioteca pública, el altillo de la casa de un amigo que ya no sabía si seguir llamándolo amigo, un cobertizo junto al astillero donde el olor a alquitrán le quemó los pulmones. No confiaba en nadie. Ni siquiera en Allyson. Recordaba su voz (“no héroes”), pero el miedo hacía más ruido.
Cruzó al patio de la conservera, resbalando en el musgo. Tenía los d