La niebla había descendido temprano, cerrando el puerto de Grayhaven con un candado de agua fría. Entre los silbatos de los barcos y el lejano zumbido de un generador, un par de faros se apagaron a la vez en la bocacalle de la vieja conservera. Blake mató el motor y dejó que el auto se deslizara unos metros, hasta quedar oculto detrás de un contenedor oxidado. No llevaba prisa; la caza en Grayhaven no se ganaba corriendo, sino respirando al ritmo de la bruma.
Daniel Harper avanzaba con la moch