La noche apretaba contra los cristales del edificio del FBI como una piel fría. En el cuarto de reuniones 4B, sin ventanas y con la ventilación zumbando como un insecto atrapado, Matthews dejó un expediente sobre la mesa con la parsimonia de quien acomoda un arma antes de apuntar. Había pedido café; no lo tocó. El reloj digital en la pared marcaba las 22:37 cuando se abrió la puerta.
Marcus Levin entró con su sonrisa de siempre, impecable, camisa clara y corbata ni un milímetro fuera de lugar.