Pronto, Azucena se fue, dejando tras de sí un silencio que pesaba como plomo en el pecho de Anahí.
El corazón le temblaba, sus manos frías apretaban el borde de la mesa como si así pudiera sostenerse, pero por dentro sentía que se quebraba.
No podía creer lo que acababa de pasar, no podía creer que todo se estuviera desmoronando tan rápido.
Pero lo que más le dolía, lo que verdaderamente la asfixiaba, era Alfonso.
Su rostro, su voz, su risa, incluso su olor… seguían grabados en su mente.
Y junto