Un mes después.
El tiempo parecía haberse detenido, pero en realidad, un mes había avanzado sin pausa. Un mes de incertidumbre, de esperanzas frágiles y silencios que lo decían todo.
Durante todas las sesiones de quimioterapia, Azul no se movió de al lado de Hernán. Se aferraba a su mano con fuerza, como si con eso pudiera absorber su dolor, arrancárselo del cuerpo y llevárselo consigo.
En cada una de esas sillas blancas, en cada sala helada de hospital, ella lo acompañó.
Su mirada buscaba la de