Helmer y Brisa entraron a casa, el suave arrullo de la noche apenas mitigaba el latido frenético de sus corazones. Con el cuidado más exquisito, recostaron a sus pequeñas en las cunas, observando sus rostros angelicales con una ternura que les oprimía el pecho.
Las pequeñas, ajenas a las tormentas y la paz que habían precedido este momento, dormían plácidamente.
—¡Son tan hermosas! —susurró Helmer, su voz apenas un hilo, cargada de una devoción que Brisa sentía en cada fibra de su ser.
Brisa son