—¡No lo hice! ¡Te juro que no lo hice! ¡Jamás la engañaría!
La voz de Alfonso se quebró mientras trataba de alcanzarla con la mirada, pero Azucena, en medio del dolor y la furia, alzó la mano y volvió a abofetearlo con fuerza.
El golpe resonó como un eco de su decepción.
—¡No me mientas, maldita sea! —gritó ella, con los ojos llenos de rabia—. ¡Vi a esa mujerzuela salir de aquí! ¡La vi! ¿También vas a negarlo?
Alfonso se llevó la mano a la mejilla adolorida. Su corazón latía tan rápido que le co