Cuando llegaron a Nueva York, la emoción en los ojos de Brisa era tan evidente como el cielo despejado sobre Manhattan.
Caminaban de la mano por las calles vibrantes, rodeados de edificios que tocaban las nubes, como si cada uno contara una historia diferente. Ella giraba la cabeza a cada paso, admirando las luces, los rascacielos, el bullicio elegante de la gran ciudad.
—Esto es… como estar dentro de una película —murmuró con una sonrisa llena de asombro infantil.
Helmer no podía dejar de mirar