Cuando Brisa abrió los ojos, por un momento no supo dónde estaba.
La luz blanca y fría del techo la cegó unos segundos, y la sensación de sábanas ásperas y un pitido lejano la envolvieron en una atmósfera irreal. Giró lentamente la cabeza, tratando de entender. Respiró hondo. Olor a desinfectante. Silencio estéril.
Entonces lo comprendió: estaba en un hospital.
Parpadeó con esfuerzo, sintiendo el cuerpo pesado y la mente nublada.
El recuerdo apareció como una chispa: Helmer. Su voz. Sus ojos. Su