Nelly se instaló en un hotel modesto, casi a las afueras de la ciudad.
No era un lugar agradable; olía a humedad y a perfume barato, pero no tenía otra opción.
Se encerró en la habitación, cerrando la puerta con llave como si esa madera pudiera protegerla del mundo.
Cada sombra que se movía en la habitación, cada sonido lejano, le provocaba un sobresalto. Tenía miedo, un miedo profundo, ese que no desaparece, aunque quieras ignorarlo.
Las horas pasaban lentamente. Nelly no podía dormir. Se sentó