—¡No puedo! —exclamó Melody, su voz quebrándose entre la firmeza y el dolor—. No cuando sé que Nelly todavía te ama.
La tensión en el aire era tan espesa que parecía cortar la respiración.
Nelly, al escuchar su nombre en esa confesión, sintió un estremecimiento recorrerle la piel. Instintivamente, volteó hacia el interior de la mansión, donde su hijo jugaba inocente, ajeno a la tormenta que estaba a punto de desatarse.
Con un gesto rápido, lo llamó y lo envió adentro, protegiéndolo de lo que sab