Afuera, Alexis sentía que se le partía el alma en mil pedazos.
Caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, se pasaba las manos por el cabello, apenas podía respirar.
Entonces, su madre llegó.
Lo vio y corrió hacia él, con el rostro tenso y los ojos empañados.
—Hijo… ¿Qué pasó? ¿Cómo pudieron hacerle esto?
Él no podía responder. Apretaba los puños con fuerza, su mandíbula temblaba. Las lágrimas le quemaban por dentro, pero no caían. Era demasiado orgulloso… o tal vez, simplemente estaba de