Al llegar al hospital, Enzo cargó a la niña en sus brazos, sintiendo que el mundo a su alrededor se desvanecía.
Su corazón latía con fuerza, y la adrenalina corría por sus venas mientras corría hacia la entrada, sin importarle nada más.
La pequeña, que solía ser tan llena de vida, ahora estaba pálida y débil, y eso lo llenaba de un terror indescriptible. Era como si cada paso que daba hacia el hospital lo acercara más a una realidad que no quería enfrentar.
Detrás de él, Demetrio lo seguía casi