Nelly salió del departamento tambaleándose, las manos firmemente sobre su vientre que dolía con intensidad creciente.
Cada paso era un desafío, como si su cuerpo entero se negara a moverse y, al mismo tiempo, gritara por ayudarla a avanzar.
La noche estaba silenciosa, solo el murmullo lejano de la ciudad la acompañaba, pero dentro de ella había un huracán de miedo, ansiedad y esperanza.
Su vecina, alertada por los gritos y la angustia, la observó desde el umbral.
—¡¿Niña, ya vas a parir? —pregun