Ella se quedó sin aliento, como si el aire hubiese huido de sus pulmones en un solo instante.
El corazón le golpeaba en el pecho con fuerza, mientras sus manos temblaban sobre la sábana blanca de la camilla.
El nudo en su garganta le impidió hablar por unos segundos, y las lágrimas, pesadas como piedras, amenazaban con escapar de sus ojos enrojecidos.
—Doctora… —su voz apenas fue un susurro quebrado—, por favor, no quiero que nadie sepa del embarazo. Nadie. Menos… menos mi esposo.
La doctora, co