Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia de muerte.
Un silencio denso, casi sólido, se extendió por la sala, tan pesado que parecía cortar la respiración.
Oriana llevó una mano temblorosa a la boca, sus ojos abiertos como si acabara de presenciar una tragedia imposible de asimilar.
Orla, en cambio, se quedó petrificada, clavando la mirada en Sienna con una mezcla de incredulidad y espanto, como si buscara alguna grieta en su expresión que confirmara la acusación.
Detrás d