Demetrio sintió cómo la rabia le hervía en la sangre, un calor que le subía desde el estómago hasta la cabeza, dejándole la garganta seca y los puños temblando.
No podía creerlo. Toda su vida había estado construida sobre la mentira más dolorosa que alguien podía imaginar, y ahora la verdad lo golpeaba como un martillo, sin piedad ni aviso.
Sus manos se tensaron y, con un impulso de furia, tomó a Enzo del cuello de la camisa, levantándolo apenas del suelo, mientras sus ojos se llenaban de fuego