Sienna se acercó a su hijo con pasos temblorosos, como si cada movimiento fuese un esfuerzo titánico.
El aire en la sala se sentía denso, cargado de un peso invisible que le apretaba el pecho.
Había tantas dudas martillando en su mente que apenas podía ordenar una palabra. Cuando por fin se detuvo frente a él, la voz le salió quebrada, con un ruego desesperado que provenía de lo más hondo de su alma.
—¡Háblanos, Enzo! —exclamó, con los ojos empañados—. Dinos… ¿Qué sucede?
El muchacho levantó la