—¡Tengo derecho a saber cómo está mi hija! —exclamó Margarita, con la voz desgarrada por la furia y la impotencia.
—¡No tienes derecho a nada! ¡Vete de aquí! —gruñó Eugenio, con un tono cortante, seco, como si sus palabras fueran cuchillos que la expulsaban de ese lugar.
El pasillo del hospital quedó en silencio por un instante.
Solo se escuchaba el eco de los latidos acelerados de Margarita en sus sienes y el murmullo lejano de pasos apresurados de médicos y enfermeras.
Ella lo miró fijamente, sus ojos llenos de un rencor que parecía envejecerla de golpe.
Durante unos segundos pareció que iba a responder, que se lanzaría sobre él con todo el veneno de años guardados. Pero no lo hizo.
Apretó los labios, contuvo las lágrimas que le quemaban en los ojos y, con un gesto brusco, retrocedió un par de pasos. Sabía que si seguía allí terminaría derrumbándose.
Y Margarita no se permitía caer, no delante de él.
Giró sobre sus talones y se marchó, tragándose la rabia.
Eugenio la observó alejars