—¡Tengo derecho a saber cómo está mi hija! —exclamó Margarita, con la voz desgarrada por la furia y la impotencia.
—¡No tienes derecho a nada! ¡Vete de aquí! —gruñó Eugenio, con un tono cortante, seco, como si sus palabras fueran cuchillos que la expulsaban de ese lugar.
El pasillo del hospital quedó en silencio por un instante.
Solo se escuchaba el eco de los latidos acelerados de Margarita en sus sienes y el murmullo lejano de pasos apresurados de médicos y enfermeras.
Ella lo miró fijamente,