Félix le sujetó del brazo con una fuerza que a Fedora le dolió hasta los huesos.
Sus dedos se clavaban en su piel como garras, mientras la mirada del hombre ardía de desconfianza.
—¿Qué estás diciendo? —escupió con furia contenida, con un temblor en la voz que delataba su miedo.
Fedora, con un gesto solemne, abrió la carpeta que llevaba consigo y le mostró un documento. Sus manos temblaban, no sabía si de rabia, de impotencia o de desesperación.
Félix lo miró fijamente, tragó saliva con dificult