Félix le sujetó del brazo con una fuerza que a Fedora le dolió hasta los huesos.
Sus dedos se clavaban en su piel como garras, mientras la mirada del hombre ardía de desconfianza.
—¿Qué estás diciendo? —escupió con furia contenida, con un temblor en la voz que delataba su miedo.
Fedora, con un gesto solemne, abrió la carpeta que llevaba consigo y le mostró un documento. Sus manos temblaban, no sabía si de rabia, de impotencia o de desesperación.
Félix lo miró fijamente, tragó saliva con dificultad y, al leer aquellas letras, soltó el brazo de la mujer como si de repente le quemara.
Sus ojos, oscuros y severos, se clavaron en ella con un juicio implacable.
—¿Cómo sé que es mi hijo? —su voz retumbó como un trueno en la habitación.
Fedora retrocedió un paso. Su respiración se aceleró, y sus ojos, que siempre buscaban mostrarse fuertes, se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo puedes acusarme de eso, Félix? —su voz se quebró—. ¿Dónde quedó tu amor, dónde quedaron tus promesas? ¡Es tu hijo, maldita