La mujer sonrió con frialdad, una sonrisa torcida que no escondía ni un ápice de malicia.
Sus ojos brillaban con codicia y soberbia, como si tuviera todo bajo control.
—Lanza la mochila —ordenó, con voz firme, mientras apretaba la mano de la niña.
Demetrio tragó saliva, sintiendo cómo el corazón se le estrujaba en el pecho.
Podía escuchar el leve sollozo de su hija, sus lágrimas rodando como dagas sobre su pequeño rostro. Cada segundo que pasaba era un tormento.
—No —replicó con un tono ronco, p