Meses después, cuando la vida parecía haberse acomodado en una dulce rutina, los pequeños corrían por el jardín como si nada pudiera interrumpir su felicidad.
Sus risas eran tan cristalinas que parecían campanitas meciéndose con la brisa, y sus pasos veloces dejaban el césped agitado, como si el propio suelo celebrara con ellos.
Demetrio, con la curiosidad y picardía que lo caracterizaba, se detuvo de pronto al observar a sus abuelos sentados bajo la sombra de un viejo roble.
La mujer leía en vo