—¡Sienna, no! —exclamó con un grito que salió de lo más profundo de su pecho, lanzándose hacia ella para cubrirla con sus brazos—. Jamás te pediría algo así… ¡Jamás!
Sienna lo miró con ojos desorbitados, el corazón golpeándole en el pecho como si quisiera salirse de él.
Sus manos temblaban, su respiración era rápida y entrecortada. La desesperación la consumía, y con un grito que parecía desgarrarla desde dentro, respondió:
—Entonces, ¿qué quieres de mí? Nadie ayuda por nada, nadie puede ser tan