Al día siguiente.
Tessa bajó lentamente por la escalera, con el rostro todavía adormilado por la pereza matinal, cuando una vocecita aguda y dulce llegó hasta sus oídos.
Aquella entonación inocente y risueña, aunque suave, le provocó un escalofrío inmediato que le recorrió la espalda.
Reconocía demasiado bien esa voz, y el recuerdo de a quién pertenecía le encendió una rabia que le subió de golpe a la cabeza.
Sus ojos se abrieron con incredulidad y, casi sin darse cuenta, apresuró el paso. Un pa