Sienna soltó un alarido desgarrador, tan fuerte que pareció romper la calma enfermiza del pasillo.
La puerta se abrió de golpe y, de inmediato, Félix y la enfermera corrieron hacia ella, temiendo lo peor.
La escena parecía a punto de volverse caótica, pero en un giro inesperado, Sienna se incorporó.
Su respiración estaba agitada, sus ojos enrojecidos, pero había en ellos una chispa extraña: una mezcla de furia, desafío y algo que rozaba lo sobrenatural.
Por un instante, la debilidad desapareció.