Fedora la miró con rabia contenida, los ojos chispeantes de resentimiento y celos.
Su pecho se agitaba, como si el aire fuera insuficiente para contener la tormenta de emociones que la consumía.
Dio un paso hacia Orla, con la intención de acercarse, de reclamar lo que creía suyo, pero Félix se interpuso al instante, firme, irrompible.
—¡No la toques! —exclamó con voz tronante, cargada de autoridad—. No te metas con ella, Fedora.
El rostro de Fedora se tornó rojo como la brasa, la furia burbujeando en sus venas.
Sus ojos, llenos de odio, se fijaron en Orla como si quisiera atravesarla con la mirada.
—¡Ella! —gritó, con un filo venenoso en la voz—. ¡Ella te robó de mi lado! ¿Te encanta ser una roba hombres?
Orla, cansada de la arrogancia y la maldad de Fedora, no pudo contenerse más. Con un movimiento rápido y decidido, abofeteó el rostro de la mujer.
El golpe resonó con fuerza, no solo físico, sino también cargado de justicia y liberación.
Fedora parpadeó, sorprendida, su rostro marcan