Fedora la miró con rabia contenida, los ojos chispeantes de resentimiento y celos.
Su pecho se agitaba, como si el aire fuera insuficiente para contener la tormenta de emociones que la consumía.
Dio un paso hacia Orla, con la intención de acercarse, de reclamar lo que creía suyo, pero Félix se interpuso al instante, firme, irrompible.
—¡No la toques! —exclamó con voz tronante, cargada de autoridad—. No te metas con ella, Fedora.
El rostro de Fedora se tornó rojo como la brasa, la furia burbujean