Cuando Sienna despertó a la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente entre las cortinas, dibujando delicados rayos sobre la habitación.
Se incorporó lentamente, todavía adormilada, y escuchó los sonidos de la cocina.
Alexis estaba allí, entre el aroma cálido del café recién hecho y el chisporroteo de la sartén. Había algo en la manera en que movía las manos mientras cocinaba, un cuidado silencioso que la hizo sonreír. Se levantó, se acercó a la mesa y se sentó frente a él, sintiendo un extraño nudo en el pecho, mezcla de felicidad y miedo.
Él la miró con una sonrisa suave, y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
No había prisa, no había palabras que curaran completamente los silencios del pasado; solo el presente, compartido en ese momento.
Comieron juntos, sus manos rozándose, de vez en cuando, un contacto ligero que enviaba corrientes de ternura por sus cuerpos.
Cada bocado era un recordatorio de que aún podían existir pequeños momentos de paz entre el caos de