Melody permanecía en su habitación como si el mundo entero hubiera decidido detenerse fuera de su puerta.
El vestido de novia colgaba sobre una silla.
El vacío que la devoraba no era sorpresa: lo veía cada vez que cerraba los ojos.
En la cama, abrazada a una almohada, Nelly se sentó a su lado y la envolvió con los brazos, como si con eso pudiera contener la fractura.
—Lo siento tanto —susurró Nelly, con la voz quebrada, sintiendo cada latido de la hermana como si fuera propio.
Melody giró la car