Pronto, llegó la familia al hospital.
El pasillo olía a desinfectante, las luces blancas parecían frías y distantes, pero nada de eso pudo opacar la emoción que flotaba en el aire. Eugenio caminaba despacio, con las manos entrelazadas tras la espalda, como si intentara controlar el temblor que lo invadía. Cuando por fin se detuvo frente al cristal de la sala de neonatos, lo vio.
Allí estaba, diminuto y frágil, dentro de una incubadora que lo protegía como un cofre de cristal.
El corazón de Eugen