Cuando Eugenio se marchó, la casa quedó en un silencio sofocante.
Félix permaneció un rato de pie, en medio del pasillo, con la mente nublada y el corazón, golpeándole como un tambor de guerra.
Subió la escalera lentamente, cada peldaño le pesaba como si arrastrara cadenas invisibles. Llegó hasta la habitación y empujó la puerta con suavidad.
Allí estaba Orla, tendida en la cama.
Fingía dormir, su respiración era tranquila, casi perfecta, pero él conocía su cuerpo, conocía la tensión que recorrí