27. Sangre y maullidos
Elara duerme. Finalmente.
Envuelta en las sábanas gruesas, con el cabello esparcido como un halo oscuro sobre la almohada y la respiración acompasada, parece encontrar por primera vez una pausa verdadera desde que llegó al palacio. Su expresión, normalmente tensa y alerta, ahora se suaviza, y sus labios, entreabiertos, exhalan suspiros tranquilos que se pierden en la penumbra de la habitación.
Desde la copa del árbol frente al balcón, Damian la observa. Inmóvil, como una figura tallada por la