38. Una atracción sin promesas
Elara se queda en el balcón, cruzada de brazos, aún algo inquieta por la respuesta de Damián, pero también curiosa. Él está de pie frente a ella, inmutable. La luz plateada de la luna resbala por su cabello y el brillo de sus ojos carmesí, que parecen más suaves esta noche. Pero él no sonríe, no parpadea siquiera. Solo la mira.
—¿No te aburres de estar vigilándome toda la noche? —pregunta ella.
—No tengo nada más que hacer —responde él, sin dureza, solo como una verdad simple.
—¿Y si yo sí qu