26. No soy la Bella, ni quiero a la Bestia
Elara camina hacia el balcón con pasos decididos, sin rastro de miedo. No le teme. Lo sabe. Puede sentirlo con cada fibra de su cuerpo: Damián no le hará daño. Quizá nunca lo haría. Y aun así, cuando se planta frente a él, a tan solo un par de pasos, su cuerpo tiembla.
Damián se da cuenta al instante y sonríe con ese cinismo que parece envolverlo siempre.
—¿Tiembla la valiente SuperLuna? —bromea, acomodándose sobre la baranda—. Dime, ¿es miedo a mí?
Elara mantiene la mirada, desafiante, aun