CAPÍTULO 25
El veneno en el paraísoLa mañana siguiente amaneció con una luz dorada que se filtraba por los ventanales de la suite. Alexander se despertó primero, una costumbre arraigada por años de disciplina. Pero en lugar de la urgencia por revisar los mercados de Tokio, su primer instinto fue observar a Samantha. Dormía con una serenidad que lo desarmaba, su respiración era un bálsamo para el alma inquieta de él. Se inclinó y besó su hombro, sintiendo la suavidad de su piel.—Buenos días —murmuró ella, sin abrir los ojos, una sonrisa perezosa dibujada en sus labios—. Si todas las mañanas van a ser así, no me quejaré.—Serán mejores —prometió él, su voz un susurro ronco—. Ahora, quédate aquí. Ordenaré el desayuno. La señora Davis insiste en que necesitas un jugo de naranja recién exprimido y un té de hierbas especial para el embarazo.Mientras Alexander hablaba por el intercomunicador, en la cocina de la planta baja, Ana escuchab