CAPÍTULO 20
El veneno de la serpiente
La palabra "mía" resonó en el silencio de la biblioteca, no como un susurro de amor, sino como el eco de un yunque golpeando acero.
Era una declaración de propiedad, un reclamo forjado en el pánico de un hombre que había vislumbrado el abismo y había encontrado su única ancla.
Samantha no se sintió como una posesión, sino como el eje sobre el cual el mundo de Alexander había dejado de girar caóticamente.<