La noche es fría y la carretera está desierta. Mis pasos resuenan en el asfalto mientras camino con los brazos cruzados sobre el pecho, tratando de conservar el poco calor que me queda. Cada farola que paso ilumina mi camino por unos segundos antes de dejarme de nuevo en la penumbra.
El rugido de un motor familiar me hace volver la cabeza. El Mercedes negro de Jesús se detiene a mi lado, la ventana del conductor bajándose para revelar su perfil cansado bajo la luz tenue del tablero.
—Sube —