La puerta de mi apartamento se cierra con un golpe sordo detrás de nosotros. Jesús no espera ni un segundo antes de encenderse como una tormenta.
—¿Nueva Gerona? —repite, su voz como cristales rotos bajo sus pies—. ¿Esa es tu solución? Huir como una niña asustada.
—¡No soy una niña! —le escupo, mis manos temblando a los costados— Eres como una droga para mí, Jesús. Necesito desintoxicarme.
Sus ojos oscuros brillan con algo peligroso. Avanza hacia mí, pero no retrocedo.
—¿Por qué le tien