La reunión es impecable. Mis palabras fluyen con una seguridad que no sabía que tenía, los números y proyecciones bailando ante los ojos del cliente como si hubieran sido creados solo para impresionarlo. O quizás, para impresionarlo a él.
Jesús permanece en silencio durante toda mi presentación, pero no necesita hablar. Basta con sentir el peso de su mirada sobre mí, caliente como el sol del mediodía a través de los ventanales. Cuando me atrevo a mirarlo, sus dedos golpean lentamente la mesa