La piel me arde. No importa cuántas veces me lave las manos, cuántas veces intente concentrarme en los planos frente a mí, no puedo sacar de mi cabeza el recuerdo de sus manos sobre mi cuerpo. La forma en que me poseyó sobre ese escritorio, contra esa pared, como si no hubiera mañana, como si no existiera nadie más en el mundo.
Cierro los ojos y vuelvo a sentirlo: cada embestida, cada mordisco, cada susurro caliente contra mi piel.
No puedo seguir así.
No puedo seguir engañandome, no pued