—Señorita Mía… —pronuncia mi secretaria, Griselda, mientras abre la puerta de nuevo, cortando el silencio tenso que se había instalado en el despacho tras la entrada de Miranda.
—¿Qué sucede ahora, Griselda? —le cuestiono con un hilo de voz, sintiéndome frustrada y exhausta hasta los huesos.
Masajeo mi frente con la yema de mis dedos, intentando desesperadamente no perder la cordura ni la poca paciencia que me queda tras una noche en vela y una mañana llena de provocaciones innecesarias.
—Afuer