—Disculpe la interrupción, señorita Mía, pero afuera en la recepción está una chica que insiste demasiado y quiere pasar a verla ahora mismo.
—¿De quién demonios se trata? —le cuestiono a mi secretaria con un tono de voz que destila una profunda frustración y cansancio exhausto.
—Se trata de su hermana, la señorita Miranda.
En el preciso instante en que ese maldito nombre sale de su boca, el lápiz que sostenía entre mis dedos se parte limpiamente por la mitad por culpa de la brutal y repentina