La noche había caído como un manto espeso sobre la ciudad. Las luces de los edificios centelleaban entre el humo de los carros, mientras el silencio en la oficina de Marcos era apenas roto por el sonido del cristal de su vaso golpeando la superficie de su escritorio.
—Idiota… —murmuró para sí mismo, sirviéndose otro trago de whisky, el tercero… o tal vez el quinto. Había perdido la cuenta.
El informe de Isabella estaba allí, perfectamente hecho, entregado incluso antes de lo que él había pedido