La semana inició con una inusual energía en la empresa D'Alessio. Desde muy temprano, el sonido de los tacones apresurados y las voces urgidas se entrelazaban con el repiqueteo de los teclados, los teléfonos sonando sin cesar y las constantes reuniones que parecían no dar tregua. Todo el mundo corría de un lado a otro con carpetas, tablets, cafés a medio terminar y rostros tensos por los proyectos que estaban a punto de ser entregados.
En medio del caos, Isabella caminaba con paso seguro por el